El actor con poco sentido del humor


No hay espíritu perfectamente conformado
si le falta sentido del humor
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE

No sabía por dónde empezar a limpiar la habitación, todo estaba lleno de polvo y pelusas, lo bueno es que no era una habitación muy grande, tenía justo lo necesario, una cama, un velador con una lámpara, un closet, y para sorpresa mía, descubrí que la puerta que había al costado del closet, era un baño. Claro que este no estaba en mejores condiciones que la habitación.
Unos sonidos en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
—Adelante.
Era Terrence, el hombre que me está dando una mano en esta… jugada del destino, podría catalogarlo.
—Te traje unas sábanas y cobijas —dijo, las acepte—, y estas cosas estaban dentro de mi habitación, y todavía hay una más —a sus pies estaban mis maletas a rueditas color palo rosa.
—¡Esas son mis maletas! —exclamé con emoción, por poco y creí que andaría desnuda—. Un momento, la última vez que las vi, estaban en mi habitación, no había tenido tiempo de deshacerlas —recordé—. ¿Cómo llegaron a tu habitación?
—Me imagino que de la misma manera en que llegaste tú —dijo Terrence.
—Sí, tal vez —susurré.
—Iré por la otra maleta —me avisó antes de salir de mi nueva y sucia habitación.
Un par de minutos después regreso, con mi otra maleta.
—Muchas gracias, Terrence —dije cuando regreso.
Él asintió.
Nos quedamos en silencio no sé por cuanto tiempo. Me estaba poniendo incomoda ese silencio.
—Eh… Terrence…
—Terry —me interrumpió.
—¿Perdón?
—Llámame Terry, casi nadie me llama Terrence.
—Terry —repetí—, lindo sobre nombre. Me recuerda a Terry Boot, el mago de la casa de Ravenclaw.
—¿Qué?
—Oh, nada, cosas mías —comente quitándole importancia.
—Tú estás loca, ¿verdad?
Hice un mohín.
—Creo que… sí, un poquito —dije haciendo un ademan con mis dedos pulgar e índice—. Un momento.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó confuso.
—T-e-r-r-y —repetí su sobre nombre letra por letra, tratando de recordar—. Terry —volví a repetir—. Y te apellidas Grandchester, ¿verdad? —él asintió—. Claro, ya te recuerdo —él me observó confuso—, en realidad mi abuela decía que su madre, mis bisabuela, era una fan tuya, siempre me hablaba del actor Terry Grandchester, solía decir que era muy guapo, que manejabas los escenarios como ninguno, y que vivías los personajes.
Terry parpadeó y luego sonrió.
—Que no se te suba a la cabeza lo que te he dicho —le advertí, apuntándolo con el dedo índice.
—No es eso. Es solo que me haces sentir como si fuera un anciano.
—En realidad lo eres. Bueno, en mi época lo eras. Tendrías por lo menos unos 125 años, aunque seguramente ya no estabas vivo.
—En tu época tendría 120 años, no 125 —aclaró—. Yo nací en el año 1897.
Retrocedí unos pasos y fingí horrorizarme.
Él frunció el ceño, y yo solté unas cuantas carcajadas.
—Ah, bueno, cinco años más, cinco años menos no hacen mucha la diferencia en cuanto pasas el siglo de vida —dije sin importancia.
Hizo un gesto de molestia.
—Sigue limpiando tu habitación, si no quieres dormir en todo este cochinero —se dio la media vuelta y salió de mi habitación dando un portazo.
No puede evitarlo, y reí, reí con ganas, como hace mucho tiempo no lo hacía.
—Vaya, Terry, así que no tienes mucho sentido del humor. Que interesante —susurré.

***

Tenía polvo hasta en los pulmones.
Vaya, atrocidad, no sé cuántas horas he estado metida en esta habitación, limpiando y limpiando. Sí nunca en mi vida había limpiado, pues ya lo había hecho como por un siglo.
Estoy agotada. Me tiré en el suelo.
—Pobre de las chicas de servicio, ¿cómo pueden vivir de este modo?
Cerré los ojos, estirando mis extremidades relajando mis cansados músculos.
—Ahora hablas sola, verdaderamente estás loca.
No siquiera me tome la molestia de abrir los ojos, ya sabía quién era.
—Estoy muy cansada, ahora no, por favor.
—Estás llena de polvo.
Abrí los ojos, y lo observé, él estaba recargado en un costado de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Vaya, si no me lo dices ni cuenta me doy —dije con sarcasmo.
Él frunció el ceño.
—¿Qué? ¿Acaso no entendiste? —sonreí al verlo fruncir más el ceño—. Anótalo en tu cerebro, se llama sarcasmo. Y se usarlo muy bien. Vete acostumbrando.
—Eres una molestia.
—Te lo dije. Pero aun así, tú me rogaste para que me quedara, ahora no hay vuelta de hoja.
—No te rog…
Lo interrumpí.
Levante mi mano, para que él la tomara.
—Ayúdame a levantarme —dije, pero él no se movió de su lugar. Rodé los ojos—, creí escuchar que en este tiempo si habían caballeros, pero ya veo que no, porque ningún caballero dejaría a una hermosa y frágil chica con la mano extendida, pidiendo ayuda.
Pensaba que no se movería de su lugar, pero lo hizo, se acercó a mí, tomo mi mano y de un rápido tirón me puso de pie.
—Oye, no tan rápido, me duele todo el cuerpo —me quejé.
—Entonces se te pasara rápido, eres tan pequeña, que estoy seguro que el dolor que tengas se te pasara en un abrir y cerrar de ojos.
Me zafé de él bruscamente y me alejé unos pasos. Y ahora la que frunció el ceño, fui yo. Cosa que a él le hizo gracia, porque se rió.
¿Pequeña? ¿Me llamo pequeña?
—¿Pequeña? —repetí con voz acida, y como si hubiera dicho un chiste él volvió a reír, y asintió—. No soy pequeña, tengo el tamaño que debería tener según mi edad. Además todavía me falta crecer.
Y por tercera vez se volvió a reír de mí.
—Debes tener un metro cuarenta máximo —dijo observándome de pies a cabeza.
—¡Un metro cincuenta! —le aclaré alzando la voz—. ¿Escuchaste? Mido, un metro cincuenta. Anciano.
—¿Anciano? —repitió.
—No deberías meterte con una adolescente de 17 años, que no se supone que los que tienen más de cincuenta, son maduros. Oh, perdón —utilicé el sarcasmo que tanto le molestaba—, se me olvidaba, tú ya pasas el siglo.
—Tengo 23 años —dijo con cara de pocos amigos—. Y no me importa si soy o no maduro, yo simplemente vivo como se me plazca. Y no tengo porque estar escuchando las sandeces que me dice una niña caprichosa.
Sonreí.
—¿Niña caprichosa? Vaya, ese es el diminutivo más tierno que me han dicho en toda mi vida; suelen decirme cosas peores. Ah, y te agradezco que no usaras groserías.
Terry me observó perplejo un par de segundos, y luego salió de la habitación dando un portazo.
—Sí, comprobado una vez más, Terry no tiene sentido del humor —murmuré. Me quedé pensando un poco—. Bueno, yo tampoco tengo un buen sentido del humor.
Sonreí nuevamente.
Aquí va a arder Troya, pensé.
Suspiré, y busque en mi maleta mi neceser con mis cosas para el aseo personal, toallas y un pijama fresco.
Sí, una ducha me caería de maravilla, aunque una cita en el spa sería mucho mejor, pero tengo que adecuarme con lo que hay.
Entre a mi nuevo baño y tome una ducha muy larga, lo cual me sirvió porque aparte de quitarme todo el polvo de mi piel también sirvió para relajar mis cansados músculos.
Luego del baño, me fui directa a mi nueva cama, la cual no era tan cómoda como la que tenía en mi tiempo, pero me ayudaba para poder dormir.
Y eso fue lo que paso apenas mi cabeza choco con la almohada de funda blanca.

Comentarios

  1. me encanta tu fic, y aun si con ese poco sentido del humor, yo siempre ame, y amare a Terry Grandchester... siguela por favor

    ResponderBorrar
  2. un capitulo fascinante, eh de admitir que yo nunca habia leido algo parecido, pero tu fic parece interesante, espero que el proximo capitulo sea tan interesante como este
    saludos

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

Si quieres puedes llorar

Vengo del futuro