Si quieres puedes llorar
Solo hay algo peor que las personas tontas,
las personas tontas que no saben que son
tontas.
(Dr.
House)
Al
siguiente día me desperté por la luz que se filtraba por los resquicios de las
cortinas de la ventana de mi habitación, estire mis músculos como un gato, parpadeé
un par de veces y luego me levante de la cama.
Me
quede petrificada un momento, no recordaba en donde estaba, pero luego al ver
alrededor de mí, lo comprendí: estaba en el pasado, y un actor llamado Terry me
había invitado a vivir con él, no sabía decir si por lastima o porque
simplemente quiso ayudarme.
Negué
con la cabeza, alejando todos los pensamientos.
Abrí
la puerta y salí de mi nueva habitación, camine por el pasillo y llegue hasta
la sala, pero no había nadie allí.
Trate
de captar alguna señal de Terry, pero nada, todo estaba en completo silencio.
No
creo que él siga dormido, aunque no tengo idea de la hora, pero notando la
claridad deduzco que son como las nueve de la mañana.
Me
encogí de hombros, y decidí regresar a mi habitación, pero antes de entrar miré
con curiosidad la puerta de al frente, en la habitación donde amanecí ayer.
Giré y toque la puerta, pero nadie respondió, volví a tocar, obtuve la misma
respuesta.
Que extraño,
me dije.
Abrí
la puerta muy despacio y asomé la cabeza, y me di cuenta de que estaba vacía,
entre a la habitación, y fui hacia la puerta que suponía era el baño, le di
tres golpes y nuevamente nadie respondió.
De
pronto sentí un escalofrío recorrer todo mi columna vertebral. Tal vez Terry solo ha sido producto de mi loca
imaginación para no sentirme tan sola, y lo peor es que si me encontraba sola,
y en una época tan antigua.
¡Rayos!
En verdad estoy muy asustada.
Nunca
he sido muy creyente, pero por favor,
Dios, si en verdad existes, ayúdame a salir de esto.
—¡Oh,
Cielos! ¡Estoy sola! ¡Estoy sola! —repetía rápidamente.
Salí
de la habitación del supuesto chico que me ayudo, y camine nuevamente hacia la
sala con la mirada en el suelo.
Respiré
profundo y levante la mirada. Y allí lo vi, era Terry. Él estaba parado cerca
del sofá con una gorra tipo boina color negro, el cual le tapaba un poco los
ojos, y tenía lo que parecía un periódico en la mano.
No
lo pensé, corrí hacia él y tanta fue mi fuerza que cuando lo estreche entre mis
delgados brazos lo termine derribando sobre el sofá, él cayo y yo encima de él.
No
me importó golpearlo y golpearme yo también, lo único que me importaba era que
él si existía y que no era parte de mi imaginación.
—Sí,
sí, estas aquí, no eres producto de mi imaginación. No estoy loca, no estoy sola
en esta época tan extraña —decía entre cortadamente, pero llena de dicha.
Terry
parecía desconcertado, y parpadeó varias veces. Hasta que en un momento sus
orbes azul verdosa se encontraron con mis orbes violeta.
—No,
sola no estás, pero loca sí —dijo él.
—¡Oye!
—me quejé infantilmente.
Él
volvió a centrar su vista en mis ojos, pero me miraba de una manera penetrante,
y me estaba incomodando. No era educado mirar tan fijamente a una dama, pero
mucho menos era de una dama derribar a un chico.
—Tus
ojos son de un extraño color violeta —musitó Terry—. Nunca había visto unas
orbes tan extrañas, pero a la vez tan llamativas.
Me
sonrojé, sí, este hombre me hizo sonrojar, pero que chica no se sonrojaría al
escuchar un alago y más con esa voz tan varonil. No hay hombres como él en mi
época.
Un
par de minutos después, de los cueles yo me quede callada, reparé en la postura
en la cual estábamos los dos; él estaba sobre el sofá y yo de piernas abiertas
sobre su estómago, volví a sonrojarme y me levante de encima de él como si me
hubieran puesto un resorte.
—Lo
siento —susurré—. Y sí… mis ojos son violeta, una marca Black —sonreí con
amargura—, toda verdadera Black tiene los ojos violetas.
Terry
asintió y se levantó del sofá.
—¿Hablas
como si te molestara? —preguntó.
Y
estaba en lo cierto, me molestaba y mucho.
—Sí
tuviera el valor de arrancármelos lo haría. Eso contesta a tu pregunta.
Él
sonrió.
—Eres
extraña —dijo.
Me
encogí de hombros.
—Nunca
había visto ese color de ojos —hizo una pausa—. Son hermosos.
Volví
a sonrojarme.
—¿Dónde
estabas? —pregunté cambiando de tema de conversación.
Él
arqueó una ceja.
—¿Por
qué debería decírtelo? —dijo él a su vez.
—No
es de buena educación contestar una pregunta con otra pregunta.
Sonrió
de lado.
—Tal
vez no soy muy educado.
Lo
observé unos segundos.
—Estoy
de acuerdo —dije—. Pero se podría decir que me agradas, hasta ahora el momento no
has salido con ninguna babosada como los chicos de mi época.
Me
encogí de hombros.
—¿Siempre
vas a vestir de esa manera? —me preguntó, me volví para mirarlo y capté su
mirada.
—No
le veo nada de malo —respondí.
—Las
chicas de este tiempo no usan esa clase de pijamas, ni tampoco visten como la
ropa que llevabas a ayer.
—¿Qué
tiene de malo mi pijama? —me fastidiaba que me criticaran mi manera de vestir.
—Las
chicas de aquí, usan camisones hasta los tobillos, de telas nada traslucidas y
todo holgado —hice una mueca ante la descripción—, y no eso… eh…
—Estos
también son camisones, pero más juveniles y frescos. Y la tela es muy fina, y
por supuesto no voy a usar esos pijamas que me has descrito —aclaré con cierto
disgusto.
Pero
él me ignoró y siguió hablando.
—Tampoco
usan esos pantaloncillos cortos que usabas ayer, las chicas usan vestidos más
debajo de la rodilla o incluso hasta los tobillos.
Negué
con la cabeza.
—No
pienso vestir como las chicas de esta época, sus ropas parecen muy sosas
—sentencié.
—Pues
si sigues vistiendo de esa manera tan exhibicionista te faltaran el respeto.
Sonreí
de lado.
—No
creo que tengan el valor para faltarme el respeto, a menos que quieran
enfrentarse a mi furia —cerré mis puños—, y a menos que tengan un hospital
cerca a su casa.
—Bien,
luego no digas que no te lo advertí. Cuando se empiecen a meter contigo, yo no
te defenderé.
—Estoy
acostumbrada a defenderme yo sola. No necesito que otros lo hagan.
Idiota.
Ni que le estuviera pidiendo su ayuda.
Su
risita burlona hizo que saliera de mis pensamientos. Levanté la cabeza y lo
miré a los ojos. Él no bajo la mirada y yo tampoco. No sé cuantos segundos,
minutos estuvimos retándonos con la mirada, pero la conexión se rompió cuando
alguien toco la puerta. Y él tuvo que apartar la mirada primero, para ir a ver
quién tocaba su puerta.
Sonreí.
Streak 1 para mí.
—¿Quieres
ir a ponerte ropa decente? —me dijo antes de abrir la puerta.
Salí
de la sala refunfuñando. Entre a mi nueva habitación furiosa, él era un tonto,
un verdadero tonto.
***
Una
hora después salí nuevamente de mi habitación, mi había duchado y me había
puesto la ropa más decente que había encontrado en una de mis maletas. Unos
vaqueros ajustados y pitillos, zapatillas converse negras, y una camiseta negra
con mi frase favorita del Dr. House, y que estoy segura muchos le hacen honor.
Sonreí
recordando a una de esas personas.
Jace
Gray.
Papá
solía decirme que un hombre como Jace sería bueno para mí, porque tenía un buen
apellido, educación, clase y sobre todo mucho dinero.
Y
mamá decía que él era un hombre apuesto, y que debería estar feliz de que Jace
se haya fijado en mí.
¡Ja!
¡Por favor! Mis padres solo veían lo que querían ver.
Y
mientras ellos veían muchas cualidades, yo veía la realidad, y sí, reconozco
que era apuesto, pero era un patán, arrogante, narcisista, racista, y lo peor
de todo, se drogaba, pude verlo en muchas ocasiones. Hasta en una oportunidad
me ofreció drogas para que accediera a salir con él.
Lo
rechacé inmediatamente, yo podría ser una rebelde, pero nunca una drogadicta.
Suspiré,
y me encamine nuevamente a la sala de estar.
No
había nadie, y tampoco había nada que hacer, así que me senté en el sofá y me
dedique a observar la enorme caja con una pantalla pequeña.
No
sé cuánto tiempo estuve observando esa cosa, tal vez segundos, minutos o horas.
Bostecé, me apoyé en el respaldar del sofá y cerré los ojos.
Escuché
unos pasos, pero no abrí los ojos, ya sabía quién era. Luego él se sentó junto
a mí.
Abrí
los ojos, solo para verlo con lo que parecía ser un libro, no, más bien un
libreto entre las manos. Había muchos párrafos.
—Vaya,
al parecer ya estás despierta —habló sin quitar su vista de su libreto.
—¿Qué
creías que estaba muerta? —reí—. No tienes tanta suerte.
Él
no dijo nada, siguió leyendo su libreto.
—Estoy
aburrida —comenté—. ¿Qué hacen las chicas para entretenerse en esta época? —le
pregunté.
Terry
quitó su vista de su libreto y me observó.
—Van
al colegio.
—¿Qué?
—me levanté asombrada del sofá—. Los colegios no son entretenidos.
Él
sonrió.
—Tal
vez no, pero las chicas de tu edad van a al colegio. En uno de esos internados
para señoritas.
Fruncí
el ceño.
—No
pienso ir a un internado más —advertí—. Además, ya terminé el colegio, y me
disponía a empezar la universidad. Ya tenía planeado estudiar en la Universidad de Oxford, aunque todavía no me
decidía si estudiar Ciencias de Computación o Ciencias de Ingeniería. Bueno,
total no importa demasiado, solo lo hacía para molestar a mi padre que quería
que estudie Política y Relaciones Internacionales.
Cuando deje de hablar note que Terry estaba
pensativo.
—Oye, ¿estás aquí? —pase mi mano frente a su cara.
Él parpadeó y clavo su mirada en la mía.
—¿Cuántos años te iba a llevar terminar tus
estudios? —preguntó.
—Uhm, no lo sé. Tal vez unos cuatro o cinco años.
—¿Ibas a desperdiciar cuatro o cinco años de tu vida
solo por molestar a tu padre? —volvió a preguntarme.
Lo
pensé. ¿En verdad iba a desperdiciar tantos años solo para molestar a mi padre?
Y la respuesta llego al instante: Sí, si lo haría. Haría cualquier cosa para
molestarlos así como ellos me molestaban.
—Sí
—respondí—. Y no, no me mires así. Tú no conocías a mis padres. Mi madre era
una arpía y mi padre un reverendo imbécil. Y yo para ellos solo era un negocio,
o mejor dicho un mal negocio —los ojos me empezaron a picar, pero no, no
volvería a llorar por ellos, no se lo merecían. Parpadeé conteniendo las
lágrimas—. Sé que ahora están muertos, y que no debería hablar mal de ellos,
pero eso no cambia lo que fueron; no porque estén muertos significan que se
vuelvan buenos.
Le
di la espalda en cuanto supe que las lágrimas saldrían de mis ojos. Y así fue,
apenas las lágrimas salieron de mis ojos las limpie rápidamente con las manos.
Me tomo cinco o seis respiraciones profundas para calmarme; y solo cuando supe
que le había ganado a los recuerdos, volví a mirar a Terry.
Sonreí
fingidamente. Eso era a lo único que si les hice caso a mis padres, no mostrarme
débil ante nadie.
—No
hay nada de malo en llorar —dijo él y la sonrisa de me borro—. Puedes hacerlo
si quieres.
Apreté
los puños, tan fuerte que me clavé las unas en las palmas de las manos.
—Yo
no lloro —sentencié—. Los únicos que lloran son los cobardes y débiles, y yo
soy valiente.
—Bien,
señorita valiente —dijo con sarcasmo,
eso me molesto—. Si no quieres llorar ese es tu problema, pero algún día vas a
terminar ahogándote en tus propias lágrimas por retenerlas, y yo no voy
ayudarte.
—No
te preocupes, que si en verdad llego a ahogarme en mis lágrimas, solo tendrás
que encargarte de tirar mi cuerpo al río, y adiós problema.
Terry
se levantó, sin importarle que su preciado libreto cayera al suelo. Me miró a
los ojos fijamente por segunda vez al día, y yo le volvía a sostener la mirada.
—Estás
loca —dijo.
—Sabes
que algunos psicólogos dicen que la locura es el verdadero estado del hombre.
Eso quiere decir que soy una persona normal y tú no.
Él
no abrió la boca, pero tampoco aparto la mirada. Igual que yo.
Y
entonces empecé a detallarlo. Sí, era un hombre muy atractivo. Y sus ojos eran
hermosos, de un rico color azul verdoso, y dentro de ellos pude descubrir
tristeza, parecía haber sufrido mucho, igual que yo, y también igual que yo
trataba de ocultarlo.
Quise
abrazarlo y decirle que lo sentía, que sentía haber reaccionado de esa manera,
que él no tenía la culpa de mis problemas. Y que lamentaba enormemente haberme
desquitado con él.
Y
cuando estaba a punto de echarme a sus brazos, escuche su risa burlona, y entonces
todo lo que pensaba hacer y decir, lo tire por el retrete.
Él
se estaba burlando de mí.
—¡Idiota!
—grité, lo empuje, corrí hacia la puerta y salí a la calle.
Seguí
corriendo por la acera, no miré a nadie, solo corrí, choque con personas, pero
no me importo, y no pedí disculpas cuando algunas mujeres u hombres se
quejaban, seguí corriendo, corrí mucho, y solo paré cuando mis pulmones me
reclamaron aire.
Me
apoyé en una pared, lleve una mano a mi pecho, mi corazón estaba muy acelerado.
Levante la cabeza y miré al frente.
Y
en ese momento me di cuenta de lo que había hecho.
Estaba
sola en esa calle, llena de gente que me miraba como si fuera un bicho raro,
algunas mujeres me miraba y empezaban a cuchichear.
Miré
a mí alrededor, y todo me pareció tan confuso, no reconocía las calles, tenían
nombres distintos a los de mi época.
¿Dónde
estaba? ¿Qué tanto había corrido? ¿Estaría muy lejos de la casa de Terry?
¿Podría volver por mi propia cuenta a su casa, cuando ni siquiera me había
detenido a ver la fachada?
Entonces
y solo entonces entendí que estaba perdida.
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