Estrella Fugaz

La soledad me asusta, pero más me asusta
llevar esta coraza que presume
de protegerme de la soledad.
RENATA BLACK

Estoy cansada, harta de mi vida. Mi vida es patética, yo soy patética, nadie me quiere, ni siquiera mis padres, los seres que me dieron la vida.
Y ahora estoy sola en el mundo. Más sola que cuando estaban mis padres.
Ya ni siquiera los tengo a ellos, hablándome con ironía y dedicándome miradas cargadas de desprecio. Ya no más.
Una sonrisa amarga se forma en mis labios.
Todos me dan el pésame y me hacen preguntas, y yo no tengo las respuestas para satisfacer su morbosa curiosidad, además así las tuviera tampoco se me da la gana de responder.
Algunas personas murmuran: «pobre, ahora estará sola», «tan solo tiene diecisiete años, pobre niña», «será muy duro para ella estar sin sus padres» o «es solo una muchachita que nunca valoró lo que tenía, espero que ahora siente cabeza». Esas estúpidas personas no saben nada de mí, y me juzgan, y sobre eso de que me quede sola, no es novedad, siempre he estado sola, mis padres siempre se la pasaban de viaje de negocios, en cocteles o en cualquier otro lado, menos conmigo. No tengo ningún recuerdo de ellos pasando un domingo en familia.
Ellos siempre me despreciaron, y yo no entendía porque, no había hecho nada malo.
Aún recuerdo cuando tenía siete años, yo quería viajar con ellos a Francia, ya que allí vivía mi abuela Amélie, la madre de mi madre, y la única que me demostró que me quería.
—Mami, mami, ¿puedo ir con ustedes? —le pregunté a mi madre a la vez que la jaloneaba de su elegante y costoso abrigo de piel de zorro.
Mamá tenía los cabellos rubios platinados con suaves ondas, piel pálida —yo había heredado el cabello y el tono de piel de ella—, ojos celestes, nariz respingada, mediana estatura, y un cuerpo perfecto, casi parecía una modelo de pasarela con su porte refinado, y aunque ya llevaba viviendo casi una década en EE.UU. aún conservaba su acento francés al hablar.
Mamá quito mi mano de su abrigo de un manotazo.
—Esta es la octava vez que te digo que no, Genata. ¿Qué es lo que está mal en tu cabeza paga que no me entiendas? —contestó mamá con voz dura.
Y cuando levante la cabeza para observarla, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, note su mirada fría. No pude más y las lágrimas empezaron a derramarse de mis ojos.
—¡Ay, pog favog! —exclamó malhumorada—, deja de llogag no se a muegto nadie. No sopogto tus begginches —hablo unas octavas más altas.
—¿Qué es lo que pasa ahora? —dijo papá a penas entro a su habitación.
—Tu hija no paga de llogag, y ya no la sopogto —dijo mamá revolviendo unas cosas en su tocador.
Papá un hombre alto, de cabellos castaños oscuros, ojos extrañamente violetas —los cuales yo había heredado—, mandíbula cuadrada, espalda ancha, y físicamente muy eclético, pero cuando abría la boca podía escupir más veneno que una serpiente de cascabel.
Papá frunció el ceño, y clavó sus ojos tan iguales a los míos sobre mí.
—Otra vez con lo mismo, Renata —dijo papá arrastrando las palabras al hablar, como era su costumbre—. Ya te he explicado que no es una visita de cortesía a tu abuela, es un viaje de negocios, ¿puedes comprender eso?
Yo estaba tan nerviosa por la mirada que me dedicaba papá, que lo único que atine, fue a asentir repetidas veces.
—Bien, ahora vete a tu habitación y no salgas de allí —me ordenó.
No me lo tuvo que repetir dos veces, limpie mis lágrimas con mis manos y rápidamente salí de su habitación. Pero me quede parada cerca de la puerta.
—Todo esto es culpa tuya —escuché que le recriminaba papá a mamá.
—También es tu culpa, te gecuegdo, quegido que tú te empecinaste en que la tuv… —y ya no pude escuchar más porque Jenny, la sirvienta que adoraba a mi madre y siempre le contaba todo lo que hacía, salía de limpiar las demás habitaciones, así que rápidamente corrí a mi habitación, como me lo había ordenado papá.
—Señorita Black —la voz de James Campbell, el abogado de mi padre, me saco de mis recuerdos.
—¿Qué sucede, Campbell? —le pregunté monótonamente.
—Debemos retirarnos. Ya todo término —dijo Campbell con cierta tristeza en la voz—. Vamos, la llevaré a casa —se ofreció.
Asentí. Pero baje la mirada para observar por última vez las lapidas en las cuales estaban los nombres de mis progenitores.



ETHAN BLACK                    ANAÏS BLACK
1977 – 2017                          1979 – 2017



Adiós, papá. Adiós, mamá, dije internamente.
El trayecto a casa fue en silencio, Campbell no me hablaba y yo menos. De todas formas nunca habíamos pasado de un saludo formal, durante la década que llevaba trabajando con mi padre.
El auto aparco frente a la lujosa mansión de los Black, la cual había pasado de generación a generación.
Campbell caballerosamente me ayuda a salir del auto.
—Lamento mucho todo esto, señorita Black —dijo.
No contesté, solo asentí.
—¿Se encuentra bien? —me preguntó.
Y esa era una pregunta realmente estúpida.
—Sí —respondí. Cada vez que me preguntaban «si me encontraba bien», yo respondía que «sí».
—Eh… tal vez no sea recomendable que se quede sola en esta mansión, no le hará bien —dijo, yo lo observé—, podría quedarse en casa de una amiga —no deje de observarlo, y eso lo puso nervioso, pude notarlo—, eh… o si quiere puede… quedarse en mi casa… estoy seguro que a Rebeca no le molestara.
—Muchas gracias, Campbell, pero preferiría quedarme aquí. Además no quisiera incordiar a nadie con mi presencia, no suelo ser buena compañía.
—Pero…
—Gracias, y que tenga una agradable noche —y sin decir nada más entre a casa, dejando a Campbell parado en el porche.
Solté un suspiró.
Observé a mí alrededor, todo era lujoso, frío, y estaba vacío.
Estoy más sola que nunca.
—Irme a casa de una amiga —repetí las palabras de Campbell—. Sí, claro, pero si yo no tengo amigos, por lo menos no unos reales.
Camine hacia un caro jarrón que mamá había comprado en Grecia, lo cogí, detalle cada uno de sus detalles, que a mamá tanto le había gustado, pero que yo detestaba, y lo deje caer con fuerza al suelo. El jarrón se hizo trizas, sonreí amargamente.
Hasta ese estúpido jarrón era más importante para mamá que yo.
—¡AAHHHHHH! —grité y me deje caer de rodillas sobre el suelo, y ni siquiera me importo que las astillas del jarrón me lastimaran las rodillas.
Estoy harta de todo y de todos, sobre todo de mis supuestos amigos, ellos no eran mis amigos, ellos solo eran una panda de hipócritas que estaban junto a mí por conveniencia, o simplemente porque querían tener la compañía de la «grandiosa» Renata Black, la chica rebelde.
Me quede ahí, en la misma posición, y llore, llore mucho, toda esta situación me dolía, mi vida me dolía.
—Papá, mamá… hasta en estos momentos fueron egoístas conmigo —sollocé—, ¿por qué no me llevaron con ustedes? ¿Por qué?
Minutos después seque mis lágrimas con mis manos y me paré del suelo. Con pasos lentos subí a mi habitación, encendí la lámpara porque todo estaba en penumbras.
Entre al baño y tome una larga ducha con agua caliente, las rodillas me ardían cada vez que pasaba jabón en esa zona, luego comprendí que eran los cortes que me había hecho con las astillas del jarrón.
Cuando salí del baño, me di cuenta que había pasado una hora. Me puse mi pijama, y cuando me dirigía a mi cama, tropecé y caí.
—Maldición —me quejé, y miré con que me había tropezado—, estúpidas maletas.
Mis maletas estaban al medio de mi habitación, aún estaban hechas, ya que nadie había tenido tiempo de acomodar mi ropa, porque ni siquiera había pasado cinco minutos de mi viaje a la India, cuando una llamada de un policía me dio la noticia de que mis padres había muerto en un accidente de avión de ida al Caribe.
Negué con la cabeza, no quería recordar nada.
Me paré y camine hacia la ventaba para cerrarla porque se estaba colando el aire, pero al mirar al cielo note que la noche estaba más oscura de lo normal, con pocas estrellas y la luna llena se escondía detrás de unas nubes. De pronto algo ilumino el cielo, parpadeé, era una estrella fugaz. Pide un deseo y se te cumplirá, dicen en las películas y luego “zas” su vida se vuelve increíble.
Sonreí, y luego cerré los ojos.
—Deseo estar en un lugar distinto al mío, y con personas sinceras, auténticas y que sobre todo me quieran, aunque sea un poquito —grité al cielo, sin vergüenza, porque estaba sola en esta mansión y nadie me escucharía y se burlaría de mí.
Segundos después abrí los ojos, y como era de esperarse, nada paso.
—Tan solo espero tener un mejor día mañana que hoy —murmuré.
Camine hacia mi cama y me acosté, pero sabía que no dormiría en toda la noche, así que tome una de esas pastillas que mamá solía tomar cuando tenía insomnio.
Pasados unos minutos ya me encontraba en brazos de Morfeo.

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