Vengo del futuro

El solitario ofrece su mano
demasiado rápido a quien encuentra
FRIEDRICH NIETSZCHE

Podía sentir los rayos del sol sobre mi rostro. Trate de cubrirme con las cobijas, pero fue inútil, el sol aún seguía penetrando en mi habitación.
Bostecé y me estiré como los gatos.
¿Qué hora será?, me pregunté.
Volví a estirarme y la cama hizo un extraño sonido a metal, no lo tome en cuenta, y abrí los ojos.
—¡AAHHHHHHHHH! —grité al ver que no había amanecido en mi habitación. Miré a mi costado derecho con temor, casi creía que un hombre había amanecido conmigo, pero no había nadie. Suspiré llena de alivio—. Pero, ¿qué lugar es este?
Respiré lentamente, la garganta me dolía por el fuerte grito que pegue.
Me levante de la cama y empecé a observar todo. Se me formo una enorme «O» al notar todas cosas antiguas, la cama era de metal, muy antigua, todos los muebles también lo eran y ni hablar de la decoración. Parecía un museo de los años de 1910 o 1920.
¿Qué es esto? ¿Acaso es una broma? Un momento, pero quien me haría una broma, yo estaba sola en mi mansión.
¡Oh, diablos! Tal vez me han secuestrado, y seguramente debe ser un loco de remate, nada más darme cuenta de sus gustos tan extraños.
Respiré profundo, tratando de calmarme, pero en la habitación sentí un aroma que antes —por mi estopor— no había notado, olía a perfume de hombre, no era exagerado, era fino, me gustaba.
Negué con la cabeza, y decidí seguir investigando.
Salí de la habitación y camine hacia la sala, los muebles ahí también eran antiguos. Me detuve al ver algo extraño.
—¿Qué rayos es esa cosa? —dije en voz alta. Era una caja enorme con una pantalla pequeña. La seguí mirando unos minutos más, hasta que un ruido me saco de mi concentración.
Parecía el ruido de una cerradura. Camine hacia el sonido, y me quede parada frente a la puerta, pero cuando la vi entre abrirse retrocedí inmediatamente, miré por todos lados, buscando un bate de béisbol para poder defenderme, pero no encontré nada para mi mala suerte. Así que me quede petrificada en mí mismo lugar. Cerré los ojos esperando lo peor.
Escuché sus pasos, los cuales se detuvieron de golpe.
—¿Quién es usted? —me preguntó una voz masculina, muy varonil a decir verdad. Pero yo no respondí, ni abrí los ojos—. Responda, señorita —exigió.
Una vez vi una película, sobre una chica que amanecía en una casa desconocida y llegaba un tipo, la violaba y luego la mataba. Rayos, porque tengo que recordar esa película.
Mis manos sudaban, estaba asustada, tenía que reconocerlo.
—Por favor no vaya a matarme, yo tengo mucho dinero, si quiere le puedo dar una buena cantidad, pero déjeme ir, no le diré nada a nadie, lo juro. Pero déjeme ir —supliqué, aun con los ojos cerrados.
—¿Matarla? —repitió el hombre y luego soltó una risa. Eso me enojo, se estaba riendo de mí, abrí los ojos, y guau. ¿Acaso era un ángel quien estaba parado frente a mí? Bueno, un ángel que llevaba puesto un terno azul marino antiguo.
El ángel era alto, piel clara, cabellos castaños y lacios hasta la altura de la barbilla, ojos color entre azul y verde.
—Eres un ángel —comenté.
Él volvió a reír.
—Primero piensas que voy a matarte, y luego que soy un ángel, con todo respeto, señorita, pero creo que está loca —negó con la cabeza, y sonrió. Pero luego lo vi ponerse serio y mirarme fijamente—, ¿qué lleva puesto? —preguntó sin quitarme la vista de encima.
—¿Qué? —musité. Oh, no, seguramente estoy en pijama, o tal vez en ropa interior, que vergüenza si es así. Disimuladamente baje mis manos y toque mis piernas para verificar que no esté en ropa interior. Suspiré aliviada, no estaba en ropa interior, tenía puestos unos shorts, un polo de tirantes color blanco y unas converse negras. Eso era muy raro, porque anoche estaba en pijama.
—¿Qué lleva puesto? —repitió.
—Ropa —respondí como si no fuera obvio. Este chico es raro, pensé—, ¿por qué me miras tanto? —le pregunté al notar que seguía sin quitar su vista de mí—. Sé que soy hermosa, pero si me sigues mirando así me vas a gastar, ¿sabes? Tómame una foto, dura más.
Parpadeó confuso.
—¿Ropa? ¿A eso le llama ropa? —ironizó.
—¡Oye! Te estas burlando de mí, ¿qué te pasa, eh? ¿Qué no te han enseñado a respetar a una dama? —él iba a hablar, pero yo hable primero—. Además, yo me he burlado de tu ropa antigua.
—¿Ropa antigua? Mi ropa no es antigua —afirmó.
—Sí, claro, lo tú que digas —contesté con sarcasmo, cruzándome de brazos.
El ángel frunció el ceño al notar mi sarcasmo.
—Mire señorita, en primera no sé quién es usted, ni que hace en mi casa. ¿Cómo entro? Si la puerta estaba con llave —preguntó.
Respiré profundo y lo observé. Parecía sincero al hacerme esas preguntas, sin contar el hecho de que parecía igual de confundido que yo.
Caminé cinco pasos para estar cerca de él, sin violar su espacio personal.
—Me llamo Renata Black —extendí mi mano, esperando que él se presentara y tomara mi mano, pero no movió ni un musculo—, ¿y tú eres? —pregunté con impaciencia.
Él parpadeó, y parecía más confuso.
—¿No sabes quién soy? —preguntó perplejo.
—Si lo supiera no te lo estaría preguntando, ¿no crees?
El chico demoro en contestar, y yo pensé que quizás tuviera alguna enfermedad en las cuerdas vocales que le impedía hablar.
—Soy Terrence Grandchester —pronunció lentamente, tomando mi mano, le dio un ligero apretón para luego soltarme.
Note que Terrence parecía más perplejo que antes, que pensaba que al decirme su nombre, me abalanzaría sobre él pidiéndole un autógrafo, ¿o qué?
Una cosa es que sea agradable a la mirada, pero no es para tanto.
Sonreí.
—Pues mucho gusto, Terrence —hice una pausa—. Bueno, creo que me voy, hasta luego. En verdad fue un gusto conocerte —di un paso, pero Terrence me tomo del brazo, deteniéndome.
Por supuesto, por supuesto. El chico no me dejaría ir hasta que le dijera como entre a su casa. Pues le tengo noticias: Yo tampoco lo sé.
Lo observé como mi madre solía mirarme, con superioridad.
—¿Qué sucede? —le pregunté con voz molesta.
—Aun no has contestado, ¿cómo entraste a mi casa?
Quisiera tener la respuesta a esa pregunta.
—Eh, primero suéltame —le advertí, me miró entre enojado y confuso, pero finalmente me soltó—. Bueno, a decir verdad, yo tampoco lo sé —Terrence me dedicó una mirada antipática. Pero no me afecto, estaba acostumbrada a ese tipo de miradas—. No estoy mintiendo. Mira, déjame que te explique.
Asintió.
—De acuerdo, no me queda de otra. Vamos a la sala —ambos caminamos hacia la sala, y con una mano me indicó que tomara asiento, así lo hice, pero cuando dirigí mi vista al frente, me encontré con esa cosa rara que vi hace un momento—. Puedes hablar —me indicó, y su tono de voz era cautelosa.
Suspiré. Estoy llevaría para rato.
—Lo único que yo recuerdo es que ayer, llegue a mi casa después del entierro de mis padres…
—¿Tus padres murieron? —me preguntó interrumpiéndome, de pronto parecía apenado, yo asentí—, lo siento —dijo.
—Gracias —susurré—, pero como decía, llegue a mi casa, y subí a mi habitación —omití hablarle de mi ataque de ira y tristeza—, tome una larga ducha, luego… recuerdo que camine hacia la ventana y observé el cielo —hice una mueca de molestia—, una estrella fugaz apareció iluminando el oscuro cielo, y yo… —Si le digo lo que hice, se reirá de mí, pero ni modo—, y yo pedí un deseo a la estrella.
Espere varios minutos a que se riera de mí, o que hiciera una mueca y que dijera lo estúpida que soy, pero él no se inmuto.
Continué.
—Pero el deseo no se cumplió, así que me acosté a dormir, pero cuando desperté hoy en la mañana, ya no estaba en mi habitación, sino en la tu habitación.
Él asintió.
—¿Y pretendes que te creo todo eso?
Eso me enfureció.
—¡Te estoy diciendo la verdad! —grité parándome del sofá—. Al comienzo creí que alguien me había hecho una estúpida broma, pero luego recordé que no tengo amigos.
Él me observó como si yo fuera un fenómeno, una rata de laboratorio.
—¿Qué deseo pediste? —preguntó de pronto muy interesado.
No se lo diría, no me arriesgaría a que se riera de mí, podrá ser muy lindo, pero no voy a permitir que él sepa de mis deseos. Al fin y al cabo no era más que un desconocido.
—¿Por qué tendría que decírtelo? —lo encaré con arrogancia, solía hablar de esa forma cuando quería intimidar a las personas—, son cosas muy personales, y no tengo el deber de decirte nada, ¿me oíste? ¡Nada!
Note su penetrante mirada sobre mí, parecía mucho más sorprendido que antes, parpadeó un par de veces, y quiso decirme algo, pero yo lo ignoré. Le sostuve la mirada, retándolo a decir lo que no me había dicho antes.
Él salió de su aturdimiento.
—No voy a permitir que uses ese tono de voz conmigo —me advirtió.
—¿Ah sí? ¿Y qué vas hacer para evitarlo? —lo rete, y una sonrisa socarrona se formó en mis labios. Estaba segura que esto le molestaría mucho más.
No me contestó. ¡Sí, que bien! Lo deje mudo.
—Me voy —dije al cabo de unos minutos—. Adiós, y gracias —camine unos pasos, y él no trato de detenerme. Eso estaba bien, ya sabría que conmigo no debía meterse. Pero luego caí en la cuenta de que no sabía dónde estaba, y mucho menos la fecha. Así que me volví—. Antes de irme, me gustaría saber dónde estoy y la fecha de hoy.
Él soltó una risa entre divertida y burlona.
Eso me enojo. ¿Cómo se atrevía a reírse de mí?
—¿Acaso no lo sabes? —me preguntó sin borrar su estúpida sonrisa.
—Idiota —murmuré.
—Estamos en New York —dijo Terrence. Asentí. Entonces no debo estar muy lejos de mi casa, pensé—. Y es jueves 28 de abril de 1920.
¿Jueves 28 de abril de 1920? ¿Qué clase de broma de mal gusta era esta? Lo observé pensando que se trataba de una broma, pero descubrí que lo que me decía era verdad. ¡Demonios! Pero ¿cómo sucedió esto?
La presión se me bajo, pude saberlo al notar mis manos heladas y mucho más pálidas que de costumbre.
—N-no… pu-puede ser… esto t-tiene… que ser… una p-pesadilla —susurré.
—¿Qué te pasa? —escuché que me pregunto Terrence—. Estás muy pálida.
Yo abrí y cerré la boca, las palabras no me salían.
—¿Qué te pasa? —repitió él, y esta vez se acercó unos pasos a mí.
—N-no… p-puede… ser… —las palabras se me trababan al hablar.
Miré todo mí alrededor como una monótona.
—Me estas asustando, dime que es lo que te pasa —me exigió Terrence.
¿Él se asustaba? Por favor, ¡yo era la realmente asustada aquí!
—Claro, claro… como no me di cuenta antes… la decoración antigua, los muebles antiguos… su ropa antigua —observé al chico frente a mí—. ¿Qué hice? ¿Qué hice? —me alborote el cabello nerviosamente.
Él solo se dedica a mirarme, seguro pensaba que me había vuelto loca, y lo peor de todo es que tal vez sí me vuelto loca.
Levanté la cabeza encontrándome con sus profundos ojos color entre azul y verde.
—¿Estás seguro que es el año 1920? —pregunté esperanzada.
—Claro —respondió Terrence—. ¿Y ahora si me vas a decir que te sucede?
Me cubre la cara con las manos.
—Nunca me lo vas a creer. Vas a pensar que estoy loca y me meterás a un manicomio cuando te cuente… y pasaré el resto de mi vida en una habitación acolchada y portando una hermosa camisa de fuerza.
Sentí las manos grandes de Terrence sobre mis pequeñas manos, y lentamente me las quita de mi cara. Lo miré, parecía sentir compasión por mí.
He de admitir que eso no me agrado, pero no tenía ánimos para quitarme sus manos de encima y ofenderlo.
—Inténtalo —dijo con voz suave—, tal vez y te crea lo que me dices.
Asentí, ¿total que podría perder? Estaba sola en una época que no era la mía.
Suspiré, y luego dije:
—Yo vengo del futuro.
—¡¿Qué?! —exclama Terrence, y después se alejó de mí.
—Ya vez, te lo dije, nunca me creerás, y ahora de seguro piensas que estoy loca, ¿cierto?
—No exactamente —dijo él, y yo lo miré. ¿En verdad no creía que estaba loca?—. bueno… podrías probarme que vienes del futuro.
Lo pensé por un momento, ¿cómo podría probarle eso? miré a mi alrededor.
—Por supuesto —dije luego de unos minutos de estar en silencio—, hace un momento me preguntaste que traía puesto —me señalé—, pues así vestimos las chicas del futuro.
—Eso no prueba que vengas del futuro, eso solo demuestra que era una chica exhibicionista.
—No soy exhibicionista —aclaré—. ¡Ya sé! Hace unos momentos también cuando te presentaste parecías confuso, como si esperaras algo de mí, que nunca llego. ¿Por qué?
—Bueno, esperaba que me acosaras a preguntas o que me pidieras un autógrafo —respondió.
Y ahora la sorprendida era yo.
—¿Por qué haría eso? Espera un momento, ¿por qué te pediría un autógrafo? —pregunté—-. Solo se les pide autógrafos a los actores o cantantes.
—Yo soy actor —dijo Terrence, y había un nota de entusiasmo y orgullo al decir a que se dedicaba.
—¿En serio? Guau —dije, y él asintió—. Vaya, yo nunca supe de ti, y eso que yo se me los nombres de todos los actores de Hollywood. Aunque claro, si estamos en 1920, tú has debido de habar nacido por lo menos en el año de 1895 —calculé—, y por eso no sé nada de ti.
—Tal vez, ¿de qué año vienes? —preguntó con curiosidad.
Sonreí al ver que él si me creía que venia del futuro.
—Del 2017.
—¿Has viajo 97 años al pasado? Casi un siglo —dijo sorprendido.
—Sí —susurré—. ¿Y ahora que voy hacer? ¿Cómo regresaré a mi época?
Tal vez deba esperar a encontrarme con otra estrella fugaz y pedir regresar a mi época y a mi vida aburrida.
¿Pero porque me preocupo en regresar? Allí nadie me espera, bueno, solo la soledad.
—… aquí —escuché un murmullo.
—¿Perdón? ¿Dijiste algo? —le pregunté a Terrence.
Él suspiró.
—Dije, que si no tienes lugar a donde ir, tal vez podrías quedarte aquí.
Vaya, su propuesta sí que me sorprendió.
—¿En serio me estas proponiendo quedarme en tu casa? —le pregunté—. ¿Es en serio? —él asintió con seriedad—. ¿Y por qué ese acto de amabilidad? ¿Qué me vas a pedir a cambio?
Él frunció el ceño.
—¿Qué estas insinuando? —dijo en un siseo.
—Pues sencillamente digo que nadie hace nada por nadie y mucho menos sin esperar algo a cambio. Ya debes de saberlo, nada es gratis en esta vida, ¿o me lo vas a negar?
Él soltó una risa sarcástica.
—No sé de qué clase de mundo vegas tú y con qué tipos de hombres de meterás, pero por lo menos aquí si hay algunos caballeros. Y si no quieres aceptar quedarte, pues ese es tu problema, no el mío.
Rayos, su discurso sí que me dejo avergonzada, y hay muy pocas cosas que me avergüenzan a decir verdad. Seguramente se sintió ofendido.
—Lo lamento —él aún seguía con el ceño fruncido—. En verdad, Terrence, lamento mis palabras, y si te ofendí, pues…
—Está bien —dijo con voz firme—. Y no me sentí ofendido, me han dicho cosas peores —sonrió de lado como si se estuviera acordando de algo.
—Pero si acepto quedarme en tu casa, ¿a tu esposa no le molestara?
—Yo no tengo esposa —contestó, y nuevamente frunció el ceño.
Bien, entendía que ese era un tema sensible para él.
—¿Novia?
Tenía que asegurarme.
—Tampoco tengo novia —asentí—. ¿Entonces si aceptas quedarte?
Lo miré fijamente, no tenía más opciones, sin mencionar que no sabía nada acerca de esta época. Además, Terrence no parecía una mala persona. Quizás no tenía buen carácter, pero yo tampoco lo tenía.
Sonreí.
—¿Lo dices en serio? Mira que después podría ser un fuerte dolor en el trasero —él puso cara de perplejidad, pero asintió. Acorté la distancia que había entre nosotros, y sin pensarlo dos veces, lo abrace y parándome de puntitas le di un beso en la mejilla. Estaba feliz, ya que este desconocido parecía preocuparse más por mi seguridad de la que se preocuparon mis propios padres—. Gracias, gracias, creo que no era tan idiota y estúpido como pensaba —aún seguía abrazándolo, pero al notar mi actuar, y notar lo incomodo que se sentía, me separe de él—. Lo siento, a veces suelo ser muy efusiva y demasiado sincera, creo que debí hacerle caso a mi abuela cuando me decía que primero debía pensar antes de hablar y de actuar. Si tal vez eso me evitaría de meterme en muchos problemas.
Terrence carraspeó.
—¿Así que crees que soy un idiota y un estúpido?
—Lo siento —me disculpé—. Pero si me lo parecías.
Él rió, y era una risa agradable.
—No me molesta tu sinceridad, yo conocí a alguien que también era muy sincera —recordó con nostalgia.
Nos quedamos en silencio por unos largos minutos.
—¿Dónde dormiré? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Sí, claro. Hay una habitación adicional al costado de la mía. Solo que falta limpiarla y ponerle nuevas sabanas a la cama.
—Perfecto, yo puedo hacerlo, aunque nunca haya limpiado en mi vida —dije más tranquila.
Él se dedicó a mirarme por unos segundos, pero luego me acompaño hacia la nueva habitación que ocuparía.
Y vaya que faltaba limpiarla, parecía que no habían pasado un plumero en meses.

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